jueves 9 de abril de 2009

Teórica N°6
07 – 05 - 2002
Prof. Lic. Héctor DEPINO.



En la ficción que crea Antonio Tabucchi tal como lo referimos la clase pasada, el soñante, que es el pintor Toulouse Lautrec, muestra su anhelo de ser correspondido por la persona de quien está enamorado. Este “anhelo”, en tanto es algo de lo que puede dar cuenta, es decir, le es conciente, tiene relación con un concepto fundamental de la teoría psicológica que es el de deseo.
El deseo, en el sentido de lo anhelado, es algo que reconocemos como relacionado a lo faltante y a lo que en ese sentido queremos obtener, y es por eso que en el sueño, o en la ficción literaria aparece la idea de transformar una realidad negativa en positiva, poder entonces acceder a ese objeto de amor inalcanzable, que en este ejemplo es la bailarina del Moulin Rouge, y particularmente inalcanzable en tanto no corresponde a sus sentimientos.
El “objeto”, como aparece en la ficción, es un sustituto, una representación que se engancha con el primer objeto de amor de todo ser humano, por las dependencia que padece, y que nombramos como madre. Aclaremos que el objeto de amor implica la persona a la que se ama, pero lo nombramos objeto continuando la tradición filosófico-psicológica que establece la relación de un sujeto con sus objetos, sean éstos de satisfacción, de amor, de conocimiento, etc.
En el final del relato, la bailarina lo abraza maternalmente, como si el pintor fuera un niño, y aparece la voluptuosidad asociada a este hecho que es el encuentro con ese objeto de amor que consideramos como repetición de un objeto que está perdido irremediablemente y que es la madre, en sentido erótico, y en sentido biológico, como veremos. Por eso, nuestro planteo es que somos deseantes en la medida en que hemos perdido al objeto de nuestra necesidad, al objeto que satisfaga alguna necesidad, pues por el lenguaje, hemos perdido, o para que se entienda, nuestras necesidades ya no son tales. Este objeto se convierte en “objeto ausente” que es pasible de ser “recubierto”, en el sentido de representado, por objetos sustitutos.
En relación con lo que hemos venido trabajando con respecto al instinto, esta conducta biológica tiene un objeto “siempre presente” que no permite sustitución, por ejemplo, un animal carnívoro no puede ser herbívoro. Para el instinto, el objeto de satisfacción está preestablecido y no hay posibilidad de sustitución. Por el contrario, los objetos de satisfacción para los seres humanos son todas sustituciones de un objeto que en su origen está perdido. Esto es una metáfora, para decir que lo perdido original es el cuerpo biológico de la madre.
La teoría psicoanalítica plantea esto para explicar el deseo, en tanto propio del ser hablante, que sustituye la necesidad por esta búsqueda que nombramos “deseante”.
A diferencia del instinto cuyo objetivo es satisfacer una necesidad, sea del individuo, como es la subsistencia, o de la especie, como es la procreación, y que por lo tanto tiene un funcionamiento rígido y prefigurado, para el deseo, que no se sostiene estrictamente en ninguna necesidad biológica, (la ingesta de comida es un ejemplo, en exceso o en defecto), los objetos para su satisfacción, que es la de obtener placer, siempre pueden ser distintos pero cumpliendo una equivalente función.
La capacidad para la sustitución que tienen los objetos pulsionales está determinada desde afuera, por lo que llamamos “los hábitos de educación”, de limpieza, las relaciones que va estableciendo la mamá con el bebé. Por lo tanto no es sin la necesidad que se van estableciendo pero no es con la necesidad que se determina el objeto. Si el cuerpo biológico necesita una sustancia que lo alimente, la mamá le enseña que tiene otras particularidades como el calor, el afecto, el sostén, etc., y lo que es objeto para un bebé se nombra “pecho”, y no leche.
Si bien en un primer momento podemos pensar que es la “zona” de la boca, por el amamantamiento, la generadora de un más allá de la necesidad que es el placer, dependiente ya no de un objeto alimenticio sino de lo que nombramos pecho, es claro que más adelante la madre, con sus cuidados, generará una nueva “zona” de estimulación-placer, que es la zona anal, y que es claro que se independiza de toda necesidad. En relación al control de esfínteres, es desde la cultura, desde el orden simbólico, que un desecho pasa a tener una significación muy diferente, como un “don”, en el sentido de aquello que se da o se retiene. No es por una necesidad biológica que se educan los esfínteres, es por un hecho cultural, y esto determina un valor diferente a la zona y a su objeto.
Lo que estoy planteando es que, si en el origen se puede confundir la relación con los objetos de satisfacción con una conducta guiada por la necesidad biológica, en la constitución de la zona anal y su objeto, época también de mayor incorporación del lenguaje, la relación es mas claramente con un objeto simbólico, determinado por el orden simbólico. El orden simbólico implica entonces esta significación que hace que los objetos sean autónomos de su existencia real. Como dije, cuando hablamos de “pecho”, no nos referimos a la glándula mamaria que implica la posibilidad de alimentar, sino, cariño, protección, compañía, presencia, calor, etc., y es lo que nos remite a la función materna, a lo que entendemos como madre en un sentido más amplio que el biológico, y por lo tanto estamos diciendo que el objeto no es sin las palabras que lo pueden nombrar. Por eso al referirnos al objeto madre le damos una dimensión mucho más compleja de lo que habitualmente entendemos por objeto. La madre es mucho más que un objeto describible. Por eso es que la madre es presencia en relación a ausencia, afecto en relación a soledad, por eso la madre implica la posibilidad de sostén en la vida. Sin embargo lo nombramos objeto.
Importa pensar ésto para diferenciar la particularidad del ser humano del resto de los animales, para dar a esta particularidad, el valor de algo único y diferente. Los objetos que busca el hombre no son propios del instinto, porque en el hombre, por la preexistencia del lenguaje, los instintos biológicos son pulsiones, nombre con el que llamamos a la energía que guía al deseo hacia la obtención del objeto, y este objeto es tal en tanto puede ser “recortado por palabras”.
Si la pulsión busca al pecho materno, es porque pecho es el nombre de: alimento y cariño y protección y seguridad y calor, etc., etc.
Por lo tanto, para un bebé en singular, no es lo mismo un pecho que otro, si bien otro adulto puede suplantar o una mamadera puede alimentar, el pecho va a ser “la manera” en que recibe el alimento, y esto es posible de ser traducido en palabras como ya indiqué.
Gracias a las palabras, a los significantes, al orden simbólico, es que podemos nombrar ese objeto para la satisfacción, gracias a las palabras, cuando el objeto está ausente se lo puede llamar, primero con el llanto y luego con el lenguaje.
En el sueño de Tabucchi, atribuido a Toulouse-Lautrec es a través de las palabras que se va creando este objeto, objeto materno, ligado a la satisfacción oral. Si bien aparece al final del relato la voluptuosidad, el encuentro sexual de dos adultos, lo que insiste desde el primer momento del sueño a través del alcanzar los frutos inalcanzables, que no son alimento puro sino placer, sensaciones, sabores, etc., es la necesidad de encontrar palabras para representar a ese objeto que estuvo en el comienzo biológico y que luego es irremediablemente perdido. Es la madre, en un sentido muy complejo, el modelo de todos los objetos de satisfacción, en principio tanto para el varón como para la mujer.
Esto abre el campo de la “representación”, el orden del lenguaje, de las palabras, y de lo humano, por lo tanto la “carencia” para los seres humano se nombra: deseo.
Pero si bien las palabras permiten obtener esos objetos para el deseo, no lo agotan, es decir, las palabras quedan cortas, como las piernas de Toulouse, pero no tan cortas como para no acercarnos a alguna satisfacción. Esto para señalar que el deseo tiene una dimensión que escapa a la conciencia.
Habitualmente decimos: “quiero tal cosa”, usamos el verbo querer como sinónimo de desear, pero donde se pone en juego que estos términos no se recubren es cuando obtenemos lo que decíamos querer, porque en ese momento nos defraudamos, no nos parece ser lo que esperábamos, queremos ya otra cosa.
En la constitución del sujeto humano, el deseo es algo que no puede ser satisfecho, por lo tanto no puede anularse el deseo. El deseo en tanto concepto es lo irreductible del ser humano, para utilizar metáforas, es la vida misma, es la esperanza, es el entusiasmo, el interés, las ganas, todo eso que define la vida, aunque no garantiza nada. El deseo es motor, es la actividad que demanda siempre un más o un menos de lo que puede ser nombrado. Esto es siempre claro en las expresiones que damos en relación a lo que obtenemos cuando decimos que queremos algo, nos surge: “pero, no era esto lo que yo quería”, “era más ….”, “era menos…”, “era otro”, “no es como el que tiene tal o cuál”, etc., etc., todas estas expresiones de reconocimiento de que hay en el deseo, algo que excede lo que podemos comprender concientemente.
Que aceptemos este más allá de la satisfacción no impide que sigamos construyendo objetos “ilusorios” para lograrla. Podemos decir que Toulouse-Lautrec construye en Jane Avril el objeto que colmaría todas sus expectativas, si fuera posible que ella le respondiera, no habría sueño ni fantasía, pero aún más, si ella le correspondiera, lo inalcanzable estaría siempre presente. Es una cuestión de estructura, es decir, es así para todos, que no se puede satisfacer al deseo, porque el deseo es consecuencia de un imposible en el origen al que llamamos madre. Lo que es de estructura es que deseamos y que no hay forma de anular ese deseo. Como en el dicho de “la zanahoria y el burro”, la zanahoria hace mover al burro, esa cosa de tentar a alguien para que se mueva detrás de esa tentación, pero para que funcione, la zanahoria tiene que ser inalcanzable, ese es el motor, para que el burro se mueva, y para que el psiquismo funcione.
Tenemos que pensar que la esencia del funcionamiento psíquico es que va detrás de algo que no va a alcanzar. Esa es la particularidad del deseo y de su sostén energético que llamamos pulsión.
Este más allá que nombramos como deseo, Freud lo ubica en una escena distinta de la conciencia y crea por ello un espacio diferente al que llama: Inconciente.
Este deseo es el Inconciente, escrito con I mayúscula para diferenciarlo del adjetivo. El Inconciente en tanto reprimido, no como la cualidad que define lo que escapa a la conciencia. El Inconciente reprimido es el efecto de la imposibilidad que es de estructura, la llamemos orden simbólico o lenguaje, o prohibición del incesto.
Para Freud, el Inconciente es lo que no puede ser conciente, una otra escena en que se juegan los deseos infantiles e incestuosos. Lo que define al Inconciente es el mecanismo de la represión.
La represión es la causa de que haya un “querer”, en el sentido vulgar del término, un “querer” que mueva al burro, que según Freud tiene que ver con lo infantil y lo sexual, o mejor dicho con la sexualidad infantil, más específicamente, con la sexualidad incestuosa.
El deseo, en su esencia inconciente se lo define como infantil, sexual y reprimido, porque sexual e infantil remite a incesto, y eso debe reprimirse.
La relación imposible con la madre, debe ser simbólicamente prohibida, y esto constituye el movimiento a través de objetos sustitutos de satisfacción, del deseo.
Esta energía que surge de la imposibilidad, no puede agotarse. La única manera que tenemos de imaginar su satisfacción completa es como “realización del incesto”, y esto solo puede ser entendido como retorno al cuerpo materno, volver a ese lugar original de ausencia de tensión, lo que es imposible, y en todo caso, lo imaginable estaría vinculado con la muerte. La muerte sería el equivalente al retorno al interior del cuerpo materno, un límite a la propia vida, un retorno a una situación de ausencia de tensión, de placer sin displacer, de total ausencia de dolor y sufrimiento, todo esto como consecuencia de la ausencia de tensión, de un total equilibrio homeostático.
Este es el orden del deseo, como vemos de “esencia” para los seres hablantes.
Pero este deseo es inconciente, porque se constituye como consecuencia de lo que se rechaza a otra escena, es decir se reprime. De allí que la actividad humana toma su energía de lo reprimido que intenta volver a manifestarse. Aún cuando nosotros en el vivir cotidiano supongamos que actuamos por motivaciones concientes, Freud dice que todo acto humano comienza en el Inconciente, y que solo algunos pasan a ser reconocidos en la esfera de la conciencia. Por ejemplo, concientemente puedo afirmar que estoy en esta clase porque lo elegí, porque fue mi decisión, etc., pero de pronto me olvido lo que tengo que decir, me equivoco, o hago un síntoma, me angustio, etc., y eso demuestra que, inconcientemente, mi deseo es otro.
Toda nuestra energía para la actividad cotidiana, aunque parezca extraño, surge de lo “inconciente reprimido”. Por eso, algo que no esté vinculado a nosotros, que no nos pertenezca de alguna forma, va a ser ajeno, y su realización fallida. En algunos casos se nota más claramente y es lo que habitualmente se relaciona con la actividad creativa o sea con la producción artística, científica. En las tareas trascendentes se pone más en evidencia que la actividad que se desarrolla está sostenida por una energía que va más allá de la utilizada en un trabajo rutinario. En la creación artística el deseo aparece jugando.
Cuando un deseo inconciente sostiene una actividad los resultados sorprenden y agradan, se reconoce fácilmente que está hecho con “ganas”, que algo individual lo motoriza, no simplemente responder a las demandas de los otros.
Otra manifestación del deseo reprimido, es la que produce impedimentos a la acción o modificaciones a la misma, en estos casos se habla de síntoma.
Un síntoma es una acción que dice algo pero no para ser comprendido, es una acción rara, como un “acto fallido”. El “acto fallido” arruina la intención conciente, porque el Inconciente quiere manifestarse en forma opuesta pero verdadera, eso es el deseo inconciente.
Hay un acto de comunicación, si es interferido, deducimos que algo de lo reprimido intervino allí y perturba la voluntad. El deseo se manifiesta entonces potenciando positivamente una actividad, porque logra una manifestación “sublimada”, es el caso de la actividad creativa profesional, al servicio de un fin social, amplio, comunitario, con la participación de otros, o, negativamente, en forma “sintomática”, cuando la actividad se cierra, se dificulta, se altera, por la intervención de la una individualidad que aísla.
En la actividad artística lo que insiste es un deseo que se acopla a una acción, le da existencia y hace que sea más logrado, con más éxito. Si hay oposición entre deseo y lo que está permitido, hay conflicto y se dan las formaciones del inconciente, otra forma de decir que son manifestaciones disfrazadas de deseos reprimidos. Todas las formaciones del inconciente tienen estructura sintomática, que quiere decir que muestran algo que no se sabe que es.
Podemos pensar que cuando el deseo inconciente logra ligarse a cierta actividad productiva, no habría intervención de la represión, no habría conflicto, aunque el deseo es de naturaleza inconciente, porque los artistas por ejemplo, no saben de donde sale o por qué eligieron tal idea o tema, pero la forma en que lo pueden trabajar es superando la individualidad sintomática.
En cambio en el lapsus, el síntoma, el deseo aparece como conflicto, ahí el deseo es y debe seguir siendo reprimido, por eso se disfraza y se oculta con representaciones de palabra. En el síntoma se lee una acción del deseo rechazada por la conciencia.
Cuando Freud entra en contacto con la enfermedad, se encuentra con alteraciones que la medicina tradicional no puede comprender, pero a diferencia de otros médicos, lo “genial” de él como inventor del psicoanálisis, es que sostiene que el síntoma no engaña, sino que muestra una verdad disfrazada, porque la verdad del deseo no puede manifestarse sin represión.
Al atender a las pacientes histéricas, en el sentido propio de la enfermedad psíquica, (actualmente se puede utilizar la palabra para definir un estado de ánimo, como la excitación, o una conducta sexual de seducción y rechazo), Freud descubre que los síntomas que plantean no tienen explicación alguna para ellas, les son absolutamente ajenos. El síntoma conversivo, por ejemplo, que toma al cuerpo para su manifestación, puede en algunos casos confundirse con síntomas de naturaleza neurológica, es el caso de la “ceguera” llamada “histérica”, que es la manera de decir que la o el paciente “no ve” y no miente al respecto, pero la causa no se encuentra en la observación clínica tradicional.
Si para el saber tradicional, la ceguera de la histeria es una mentira, para el psicoanálisis es verdad que no ve, pero, no porque se niegue a ver, sino, porque “el deseo reprimido, en tanto generador de culpa, no deja ver”. El “no ver”, es contradictoriamente un “dar a ver” que hay “algo” que “no se debe ver”, esta es la estructura del síntoma. Esto demuestra a su vez que, para el ser humano, no hay cuerpo biológico puro, sino que está trabajado por las palabras, por los significantes, que transforman las funciones biológicas y las ponen al servicio del deseo inconciente reprimido.
El síntoma histérico tiene un sentido oculto, y lo es tanto para el observador como para el propio enfermo, entonces no es que el síntoma miente a sabiendas sino que sufre del efecto del inconciente. Sufre del deseo que no puede hacerse conciente, que debe permanecer reprimido, pero no puede anularse y por lo tanto “retorna de lo reprimido”. Esta es la estructura del síntoma psíquico, nudo entre el deseo reprimido y su manifestación en la conciencia, anudamiento de una satisfacción prohibida con un disfraz posible.
Si “no veo” dejo tranquila a mi conciencia y a las “buenas conciencias”, en el sentido moralista del término, y guardo en un más allá, en el espacio inconciente la realización de lo prohibido, en otro espacio mantengo vivo un “ver lo que no debo”, satisfago con mucho esfuerzo y siempre a medias un deseo. Esta contradicción no puede ser anulada porque sería como dar vuelta un guante y hacer conciente lo inconciente, pero entre ambas “instancias” está la represión y por lo tanto el conflicto.
Entonces, a la paciente que no puede ver uno podría decirle que, lo que le pasa es que no quiere ver porque tiene miedo de que se le aparezca lo que no debería ver, y seguramente reaccionaría rechazando esta explicación, porque la represión que actuó en la constitución y sostén del síntoma sigue vigente para que no se desanude. Solo a partir de un trabajo de la palabra y en el ámbito de la relación analítica, puede accederse al desanudamiento del síntoma y a la emergencia de la verdad reprimida. Por eso digo que el síntoma no es solamente para el afuera porque sino estaríamos al nivel del engaño, estaríamos hablando de simulación, y eso es lo que creía la medicina clásica. La histérica se engaña también, está absolutamente convencida de que no puede ver.
Generalmente se habla de “histéricas” y es porque la patología es más frecuente en el sexo femenino, en quienes y en relación a la época, la represión de los deseos sexuales era más fuerte. Los síntomas tienen que ver con el lenguaje y el orden simbólico-cultural que los sostienen, no es lo mismo un síntoma conversivo hoy que hace 100 años, ni en Europa que en África.. En la Viena del siglo XIX, la represión producía esta sintomatología, hoy, en Buenos Aires, podríamos decir que un síntoma histérico es una bulimia o anorexia. En los hombres hay también síntomas histéricos, pero lo propio del sexo masculino es el síntoma obsesivo que tiene más que ver con las ideas, con pensamientos que se imponen y que la forma de controlarlos es a través de la duda.